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PAX

+ P. FRANCISCO MIGUEL JASNIKOWSKI osb

 

El P. Francisco nació el 26 de enero de 1920 en Azara, provincia de Misiones, Argentina. Sus padres eran polacos y formaron una familia profundamente católica de 12 hijos, dos de los cuales se consagraron como religiosos.

Ingresó en la Abadía del Niño Dios a los 10 años, comenzó el noviciado el 24 de diciembre de 1937, hizo la profesión simple (consagración como monje) el 25 de diciembre de 1938, fiesta patronal del Monasterio, y la solemne tres años después. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1944.

El P. Francisco Miguel se caracterizó siempre por ser un monje obediente que tenía el sí por respuesta y era materia dispuesta para cuanto se le encomendara. Al respecto y como para muchos era el “padre chistoso”, él decía, mitad en broma, mitad en serio, que se consideraba un “tapagujeros”. Se desempeñó como vicedirector del Oblatado (grupo y lugar de los niños aspirantes). Fue maestro de novicios, como así también profesor de filosofía y teología, sobre todo de moral, para lo que se preparó cursando en Bs. As. dos años para la licenciatura. Más sistemáticamente les dio clases a los monjes, a los seminaristas de la diócesis de Gualeguaychú y en el Instituto S. Benito, en el que, además, ocupó con competencia el cargo de secretario. En las clases, se tratara de la signatura que se tratara, no perdía oportunidad para dar sus lecciones de gramática española, enseñando a leer correctamente en público, y también de lógica. Es de resaltar igualmente su sabiduría de vida, esa que viene de Dios.

Tenía cualidades poco comunes para la música y el canto: las supo cultivar con constancia y dedicación, poniéndolas en primer lugar al servicio de la Comunidad monástica en las celebraciones litúrgicas, dirigiendo el canto. Además fue director de coros integrados por laicos que él formó. Puesto que sabía mucho de música y tenía muy buen oído, sufría cuando no se daba la nota como correspondía. Pero fue ante todo un hombre de oración y por eso nada antepuso al oficio divino. Nunca dejaba de dedicarle el tiempo establecido a la lectura orante de la Biblia y se lo veía rezar con frecuencia, sobre todo el rosario, mostrando así su ferviente devoción a la Virgen María. Hacía una lista de personas con nombre y apellido por las que tenía que orar de un modo especial.

El P. Francisco fue hospedero durante varios años, atendiendo a los huéspedes y visitantes de la Abadía como al mismo Cristo, ocurrente como él solo con sus típicas salidas en la conversación, a veces un tanto desconcertantes, brindándose a todos por igual; quienes lo trataban descubrían en seguida en él a un monje sacerdote tan espiritual como humano y comprensivo. Hacía todo lo que estaba a su alcance para que las personas con las que se encontraba se sintieran bien. También ocupó el cargo de Prior claustral (segunda autoridad de la Abadía).

El P. Francisco ejerció el ministerio sacerdotal de una manera intensa y en distintos lugares, pero siempre desde la Abadía. Fue capellán del Barrio del Monasterio durante dieciocho años: además de la atención espiritual y pastoral del vecindario, emprendió múltiples actividades y obras de promoción tanto social como cultural. En una oportunidad respondió pronta y concretamente a la necesidad de una vecina de El Arenal; la mujer, pobre y con numerosa prole, no sabiendo cómo expresarle su agradecimiento, empezó a buscar palabras apropiadas e hizo un silencio prolongado que rompió exclamando: “¡Y que nunca se oiga decir: ‘el finau (finado) P. Francisco’!”. Cuando las Hermanas Dominicas Misioneras llegaron al Barrio el buen Padre las fue presentando casa por casa, contándoles antes las alegrías, las esperanzas y las angustias de cada familia, dando prueba de su prodigiosa memoria, como así también de su caridad pastoral y conocimiento cabal de la feligresía que se le había confiado; conocía la historia de las personas, los vínculos de parentesco de todos y el árbol genealógico de las familias. Fue igualmente capellán de la que es hoy la Parroquia de S. Roque, capilla por entonces, y del Hospital de Victoria, lo que implicaba la atención de todo el barrio, zona de influencia del nosocomio; se preocupó por los enfermos y se ocupó de ellos con espíritu de sacrificio y sin descanso. Prestó un valioso servicio pastoral en el Colegio del Huerto. También predicó retiros, novenas patronales, misiones, etc.; ayudaba a los sacerdotes en el ejercicio de su ministerio y también suplió no pocas de sus ausencias.

El P. Francisco pasó varias temporadas trabajando en el Monasterio de La Pascua, Canelones, Uruguay, que depende de la Abadía del Niño Dios. Una de esa estadía se prolongó a lo largo de un año, dejando una profunda impronta en la gente del lugar.

Los monjes españoles que estaban en Chile, concretamente en Puente Alto y Viña del Mar, oportunamente se dirigieron a la Abadía del Niño Dios pidiendo la colaboración de monjes sacerdotes. El P. Francisco Miguel estuvo en la parroquia de Viña del Mar en 1968, siendo el último de una serie de unos diez Padres que se fueron sucediendo en el trabajo pastoral durante dos décadas. El buen Dios lo estaba preparando al P. Francisco para otra misión, aún remota; efectivamente, en los años ochenta vuelve varias veces al país trasandino para colaborar en el Monasterio de S. Benito de Llíu Llíu que la Abadía del Niño Dios había asumido como una fundación dependiente directamente de ella. En 1989 llega de nuevo a Chile, pero esta vez no ya para una estadía más o menos prolongada, sino con el nombramiento como Prior, es decir, de superior de la Comunidad; y eso cuando faltaran tan sólo unos meses para que cumpliera 70 años, edad en la que muchos piensan en la jubilación con su consiguiente descanso. Ocupó el cargo hasta 1992.

En su Comunidad se lo animó para que hiciera un viaje a Europa, brindándole todos los medios con un itinerario bien trazado hasta en los detalles. Él lo hizo como una verdadera peregrinación con tres metas preferenciales: se encontró con sus raíces ancestrales en Polonia; con sus raíces católicas, en Roma y el Vaticano; y con sus raíces monásticas en la Abadía de Na. Sa. de Belloc, Francia, la Casa Madre (fundadora) de la Abadía del Niño Dios.

En Llíu Llíu El P. Francisco siguió viviendo la vida monástica con la misma entrega de siempre y ejerciendo el ministerio sacerdotal en y desde el Monasterio, administrando los sacramentos, organizando la catequesis, predicando; acercándose a los enfermos y a las familias en circunstancias de dolor con un mensaje de consuelo, esperanza y paz que fortalecía la fe. Asimismo continuó estableciendo y cultivando los lazos de amistad con las personas más variadas; él hablaba a menudo del “senderito de la amistad” por el que hay que transitar asiduamente para que no se borre o lo invadan las malezas. En Francisco Miguel todos encontraban a un amigo, a un Padre y, últimamente, también a un cariñoso abuelo. Lo dicho sobre su relación con tantas amistades vale igualmente respecto de los vínculos tan estrechos con sus parientes, físicamente lejanos, afectivamente muy cercanos. Cabe destacar que el buen Padre aprendió a usar internet a los 78 años, antes lo hacía ayudado por un hermano de Comunidad, para mantener la misma correspondencia, reemplazando el correo convencional por el electrónico. “La caridad es ingeniosa”, “Dios es grande”, eran unos de sus tantos dichos. Cuando uno lograba familiarizarse con su estilo epistolar, por cierto sumamente particular, la lectura de sus cartas o mensajes no tenía desperdicio. En fin, usaba todos los medios disponibles a su alcance para estar comunicado con el Abad de la Abadía del Niño Dios y otros miembros de la Comunidad, con monjes y monjas, comenzando por sus queridas vecinas de la Abadía de santa María de Rautén, siguiendo con la Comunidad de la Asunción de santa María, Rengo, y así con todos; con otros monasterios, con religiosas, religiosos y sacerdotes. Y a propósito de sacerdotes, deseaba y esperaba la reunión mensual del Decanato, disfrutando al máximo de cada encuentro con sus hermanos presbíteros.

Desde Chile el P. Francisco Miguel hizo preciosos aportes para la tareas de investigación de la historia de la Abadía del Niño Dios iniciada al acercarse el centenario de su fundación en 1899: él tradujo una copiosa documentación, sobre todo epistolar, con lo que comporta de arduo trabajo la difícil lectura de muchos textos manuscritos enviados desde Europa al Monasterio entrerriano en las primeras décadas; suministró innumerables datos precisos, sacándolos del tesoro de su memoria y compuso la semblanza de muchos de los monjes difuntos de la Abadía (necrología).

El P. “Pancho”, como cariñosamente lo llamaban muchos, en los últimos años y en dos oportunidades sintió seriamente amenazada su salud: gracias a los tratamientos y cuidados que se le prodigaron pudo superar esos estados críticos en el aspecto físico de su persona, sobre todo gracias a Dios y al amor de sus hermanos de Comunidad. Seguramente, de un tiempo a esta parte el Señor lo venía preparando para la partida. Hace unos años había dicho: “rezando (el oficio divino), celebrando (la misa) y cantando (tanto el oficio como la misa) he de vivir; rezando, celebrando y cantando he de morir”. Y el buen Dios se lo concedió; en efecto, el 26 de diciembre de este año 2009, especialmente dedicado a los sacerdotes, por la mañana rezó el oficio, presidió la eucaristía, cantó y predicó como en sus mejores tiempos. Terminada la misa manifestó sentir una molestia y algo de dolor, lo que se acentuaba a medida que pasaban las horas hasta descomponerse. En seguida fue atendido por los médicos que comenzaron a hacerle estudios, pero al caer la tarde de esa jornada, tras una descompensación, le llegó el atardecer de su existencia terrena; falleció durmiéndose santamente en la paz del Dios bondadoso. Murió en su ley o, mejor, en “la ley de Cristo”, a quien amó hasta el final sin anteponerle nada a su amor.

Nos queda la certeza, por la fe y la esperanza, de que el sudor y la sangre del P. Francisco y de nuestros hermanos que hayan vivido con la misma entrega van a ser una fuente de gracias y bendiciones, lo que nos compromete más en nuestra respuesta de fidelidad al Señor.

Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él la luz que no tiene fin.

Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo haz prometido, porque mis ojos han visto la salvación (al Salvador) que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel (Lc 2, 29-32).