El trabajo

“La ociosidad es enemiga del alma, por eso en determinados tiempos deben los monjes ocuparse en el trabajo manual y a ciertas horas en la lectio divina” (RB 48,1).

“Entonces son verdaderamente monjes cuando viven del trabajo de sus manos, como nuestros padres y los apóstoles” (RB 48,8).

El trabajo debe ser visto en complemento con la vida espiritual, y hay en la expresión “Ora et labora” (reza y trabaja) una sabiduría que fortalece el camino de fe en el monje. Además, de formar al discípulo de Cristo en un hombre solidario con los demás hombres que trabajan y perfeccionan la Creación.

Habitualmente los monjes trabajan donde se les necesite y de acuerdo a sus capacidades y la realidad del lugar. Los trabajos en el monasterio son muy diversos –ninguno es menor que otros-, todos tienen su cuota de responsabilidad, importancia y perseverancia. La casa debe ser cuidada, los talleres deben crearse y perfeccionarse para ofrecer sus productos a los visitantes, si hay cultivos éstos tienen que ser tratados profesionalmente para que den su fruto a su tiempo, la liturgia debe ser un trabajo de comunión entre todos que alaban a Dios, la acogida de los huéspedes y las nuevas vocaciones implican dedicación y esmero.

“En la enseñanza del santo –San Benito- como a lo largo de toda la tradición benedictina se manifiesta igualmente el aspecto pedagógico del trabajo humano. La persona se forma y se desarrolla también por medio de las tareas y trabajos que realiza. El trabajo es un camino de pacificación interior y una oportunidad de crecimiento personal”. (P. Eduardo Ghiotto, “San Benito, hombre de Dios, maestro y protector”, Editorial Claretiana, Buenos aires, 2006, p.92